08 octubre 2012

Carta 27.



Querida Anay, 

Mi torpeza, la torpeza de la vida laboral, la tediosa fábrica de imperativos e incompatibilidades horarias
el hombre es el único animal que usa relojes, repite insistentemente Machado en mi conciencia urbanita,-  
esa torpeza que yo mismo fabrico, de la que soy creador,  ha impedido que a día de hoy, a instante de ahora, pueda decir una sola palabra exacta sobre Medidas Cautelares, éste  tu último libro que ahora, junto a la gente que quieres,  presentas en donde uno pone los pies y dice infancia, y que yo no he podido leer pero que creo que, paradójicamente, ya he leído.
Con esta incoherencia me cuelo esta tarde en esta fiesta, siempre con permiso de Elena Sagredo y  bajo el paraguas de un hermoso gesto de amistad hacia tu persona que me emociona en la distancia y agradezco.
A favor mío, a favor nuestro, puedo decir que hemos hablado del libro – y aquí explico la paradoja anterior-  las veces en las que hemos sido espacio común, encuentro con amigos, paseo por Barcelona, por El Prat, tú soportando mi desorden mental, mi vehemencia, y yo enredado en tu voz y discurso pausado y suave, casi en oleaje y bajamar . Esa manera tuya de gritar en el susurro.  
Yo celebro ahora esta hermosa complicidad que entre usted y un servidor se ha establecido tácitamente. Siempre que nos vemos y tiramos del hilo de nuestros proyectos acabamos reflejando lo personal sin el detalle, el diamante sin el pulir. Del verso a la vida  y de la vida  de nuevo al verso. La poesía y la amistad, como las vacas, tienen dos estómagos.  
Si te digo que todavía no puedo, que aun no he podido escribir ciertas cosas me entiendes y me dices “Turno de Réplica”, si me hablas de Medidas Cautelares sin saber todavía que ése sería su título definitivo dejas que me asome a ti antes de diluirte en el libro.  Y este libro para mí ha ido creciendo y configurando una estructura en el aire en diferentes momentos y conversaciones.  He presenciado su crecimiento en cierto modo, y he hecho en cierto modo una prelectura inventada.
Yo, como Elena,  también tengo cosas que agradecerte. Tu sinceridad y tu compartir lo que mis libros te han dicho, tus ánimos cuando ves que no escribo y deseas que lo haga, que me celebres alguna que otra fotografía. Una palabra Sala y Suberviola bastará para sanarme.  Levántate y escribe, te falta decirme. Pero sobre todo quisiera darte las gracias por algunas cosas menos bíblicas, tu poesía por ejemplo, tu manera de decir algunas tristezas:

Desde que tú no estás todo es patraña./Una excusa pueril para ir tirando
Algunos de los versos donde últimamente me he encontrado:
Perdida / en la repentina ausencia/ de tu nombre
Porque quizás la escritura sea simplemente eso, querida Anay, un punto de donde encontrarse el uno consigo mismo, y el uno con el otro.
Para libre el amor / con sus cadenas / con sus prisiones hechas a medida / Desde mi soledad /bien elegida/ proclamo su victoria / humildemente
Escribes, y cuando todo parece oscuro añades:
Y qué más da, seguimos caminando /cargando de esperanzas el futuro

Con la esperanza de que a tu vuelta podamos vernos y hablar del futuro,
te saludo aquí, en esta Navarra epistolar, y saludo al respetable y les agradezco la invitación

atentamente

Ventura Camacho