17 enero 2009

Carta 07.

Barcelona, 15 de enero de 2009


Querido Ventura:

Te respondo, sí, a esa hora extraña en que la luz no se atreve a salir de su madriguera, pero lo hago abrumado por tus palabras. No tengo tu ventaja, la de ser escritor, así que lucharé contra el apelotonamiento de ideas ya convertido en alocado enjambre.

Pasada casi la segunda edad, de bronce y avistando la tercera, parece imposible hacer nuevas amistades, de modo que lo que me, nos ha ocurrido en las últimas semanas se aparece como novedad de adolescente, soperos mediante; demos gracias al azar, generoso a veces.

Pides consejo para entrar en las aulas a explicar literatura. Me remonto a los años 70. Los profesores se empeñaban en hacernos estudiar vida, obra y estilo de autores a los que no habíamos leído, toda una locura. Y aun así salimos unos cuantos envenenados por las letras y unos pocos, como tú, creadores de mentiras verdaderas. Quizás estaba en nuestra naturaleza como dicen los ingleses, sí, cada vez estoy más convencido de ello. En mi casa los libros escaseaban, pero mi padre entrevió algo y me regaló una preciosa colección de volúmenes que comenzaba por “¿Sabes por qué?”, de color rojo y suave tacto. Allí leí un poema de Aleixandre y entendí que había algo al otro lado esperando a que yo llegara. Y así hasta ahora. Gracias, papá.

Calculo que habrán pasado por mis ojos unos dos o tres mil alumnos y de ellos sólo una docena creo quedaron, tras su paso por las clases, enfermos por las palabras y las películas, pero ya llevaban el virus dentro, así que a veces lo único que puedes hacer es avivar la llamita y cuidarla. En las clases se me nota que si no hubiera leído sería mucho más infeliz y captan ya que sumergirse en la lectura o en una buena película te salva de una soledad fría y de íntimas tormentas.

Confieso que para vencer mi tedio entre las paredes del aula, cuento anécdotas y chascarrillos al hilo de la explicación, aun del sujeto y predicado; no me preguntes cómo surgen porque no lo sé y prometo que no los preparo, de ahí que alguno ponga cara adusta, como diciendo: pero qué raro es este tío, por qué no explicará apuntes para que me luzca en el examen…Y a continuación me pongo serio, miro al fondo sin ver nada y hablo conmigo en voz alta para tratar de entenderme o de captar el trasfondo de un dato o una idea: entonces, por lo general, se callan, porque escuchan algo alejado de sus series preferidas, los sms o el Messenger. Creo que intuyen, como me pasó a mí, que hay algo que se están perdiendo, que quizás quieren saber aunque esto no aparezca entre sus planes del día y preguntan y hablan y hasta dan las gracias por poder expresarse, sacar afuera lo que les preocupa al hilo de mis “idas de olla”, como dicen ellos. Como verás, las evaluaciones, los planes, las generaciones son secundario asunto cuando estás con cuarenta jóvenes.

Guardo para mí lo amargo. Se me hace extraño dar recetas. Lo único que sirve es la paciencia y el cariño hacia lo que explicas. Para esto último la muchachada tiene un radar especial, de tal forma que te ves abocado a tomar caminos secundarios y abrir así ventanas a otros lugares, esos que gracias a vosotros los escritores nos ayudan a vivir mejor.

Ahora ya has comprobado que no soy escritor, ni secreto ni escondido. Ahora quiere salir la luz. Ahora es cuando muchos días sueño que voy a salir a las calles de alguna ciudad italiana y que todo será distinto o que no volví de Santiago de Chile y que…

Ciao, caro amico.

Abrazos.

Antonio Ezpeleta.

1 comentario:

Antonio dijo...

PD. Lo mejor de todo, se me olvidó explicarlo en la carta, es ver cómo alumnos superan al que fuera profesor, ejemplo: Mariano Martínez. Así da gusto.